Publicado en Crónica

La crónica más que un género, una mesa redonda para deliberar

(…)la historia de la noche alumbrada y la que está por abrirse,

la historia del comienzo y del fin…”

Ramón Palomares

 

En el corazón literario yaracuyano moran seres mágicos  tales como José Parra, Pálmenes Yarza, Morita Carrillo, Rafael Zárraga entre otros. Estos mundos creados forman en el ideario del estado una sensación de satisfacción por contar con tan celebres escritores. En este sentido, Rafael Zárraga siempre fue un amigo  que dedicó su tiempo al estudio de la lectura y a la escritura.  Logró plantar  en sus trabajos  el amor por su pueblo, su gente  y sus tradiciones; con una destreza que le permitió narrar y crear universos múltiples,  como los cuentos infinitos de  nuestros abuelos.

 

En lo personal compartir con Zárraga siempre fue gratificante, recrearse con  las  anécdotas de sus viajes por Europa, disfrutar de su conocimiento sobre el tango y, sobre todo, de su incansable espíritu bohemio que  nos permitía participar de la gran hermandad de la Pagoda, donde la creatividad siempre se mantuvo  en el ambiente. Puedo decir que Rafael Zárraga siempre buscó descifrar la esencia, la naturaleza del colectivo, mediante su yo múltiple, para así eternizar en sus obras la belleza, la magia y las historias que le hicieron  amar y  comprometerse con  su tierra. Me permito estas líneas anticipatorias en virtud de contares, obra plena de crónicas para esta mesa redonda.

 

El   mes de octubre de 2011 se llevó a cabo la Primera Bienal Rafael Zárraga,  donde el pueblo yaracuyano rindió homenaje a este escritor que tantos  laureles nos brindó; en tanto una de las categorías que entró en concurso fue la de Crónicas, donde resultó ganadora  la obra Vivencias y tradiciones en el rancho campanario, estancia de mi abuelo el guerrillero” del escritor Luis Mendoza Silva, y se entregaron  también las siguientes menciones: “Esa voz que venía de ella era sangre de mi abuela” de Bethilde Ledezma; “Kiko, mi vecino” de Yohana Toro; “Carne de avión”, de  Eleazar Molina y  Alí Primera: Entrevista imaginaria,” de Pedro Concepción, siendo jurados: Antonio Trujillo, Pedro Ruiz y Samuel López.

 

El periodista Earle Herrera, en su libro La magia de la crónica, expresa: “En un principio fue la historia escrita, la relación de los hechos pasados de acuerdo al orden en que ocurrieron, se convierte en género literario cuando surge de sus oficiantes la preocupación  no sólo de contar, sino por hacerlo bien y en forma amena, clara y agradable para  el lector”,  es decir,  un género que tiene analogía  con la historia, la literatura y el periodismo.  Parte de esa característica narrativa la precisamos en el siguiente párrafo de la obra ganadora: 

 

“En lo alto, un gavilán primito hacía múltiples piruetas, como si danzara al ritmo de la música ininterrumpida, que producía el contacto de la brisa con las palmeras resecas e inmóviles, las cuales en las distancias inconmensurables, confundíase, con los molinos de viento donde abrevaba el ganado su sed de siglos. El verano había sido largo e intenso, casi similar al de 1905, nos contaba en la cocina con su voz de ángel, la abuela Secundina, mientras atizaba el fogón oloroso a dulce de quinchonchos y fritangas.”

 

La crónica  según varios autores debe ser un relato fidedigno de los hechos, si bien,  puede no poseer  orden cronológico sí deben estar narradas con humor, poesía y un estilo peculiar que identifique a su autor. Esta amenidad en la escritura y en la forma de presentar los hechos es lo que hace de las “Vivencias y tradiciones en el rancho campanario, estancia de mi abuelo el guerrillero,” una lectura interesante desde su primer párrafo, pues su autor logra captar nuestro interés mediante una evocación  con sabor a familia:

 

“1992. Era abril. Y, después de tiempos de ausencia, volvimos al Rancho Campanario. Los dos viejos con su ternura senil fueron a recibirnos al tranquero, bajo el intenso calor del medio día soledoso, allí nos abrazamos, cansados y estresados por el viaje, pues, son varias horas de carretera y, aproximadamente unas cinco o seis leguas de tortuoso camino, desde donde nos dejó la rústica “Power” del viejo Mingo, único vehículo que con su ruido de abejorro, andaba por aquellas soledades.”

 

Del  Análisis de los elementos temáticos característicos de la crónica literaria de cara a su clasificación documental,  de los  profesores  João Batista Ernesto de Moraes  y Maura Duarte Moreira Guarido, podemos citar: “Una de las caras de la crónica contemporánea: es el abordaje de temas cotidianos, sin ninguna pretensión, en apariencia, de intentar un ahondamiento en los hechos abordados en sus textos, manteniendo siempre un fijado tono coloquial, un especie de conversación. Sin embargo, este tránsito entre lo cotidiano y lo literario,  funciona como inyector de perennidad, objetivamente da la luz al género literario,”  por lo que la fisonomía  contemporánea de la  crónica está relacionada a un tiempo mínimo,  un ayer que todavía tiene olor  a hoy, por así decir, un instante de pequeñas y grandes alegrías o desventuras dentro de lo cotidiano:

 

“La tierra se secó tanto en aquel tiempo -seguía contando la abuela- que no volvió a producir agua, ni frutos comestibles. Los animales que pudieron emigraron a otros territorios, mientras los que por falta de fuerzas no lograron huir, murieron en el intento de subir la montaña distante, donde presentían humedad y, por allí fueron quedando calcinados y rendidos en esteros desérticos. En los caminos polvorientos morían sollozantes y crujientes las vacas, burros y caballos por causa del hambre y la sed. Y, es que el veranón produjo en éstos territorios, la hambruna más cruel que se haya visto en el llano durante toda su historia.”

 

Para la académica Linda Egan  “la crónica incluye en su desarrollo un doble propósito indivisible: uno filosófico y crítico, el otro artístico y emotivo. Sus metas memorables, políticas y culturales no se pueden perseguir efectivamente sin la flexibilidad del discurso figurativo y, en el contexto de un género-verdad.” Así que, un cronista es la encarnación de Hermes y  esgrime su bolígrafo para exclamar  los hechos al mundo. Por lo que un cronista es un revolucionario,  protagonista y/o testigo  que utiliza un género literario para ayudar a la comprensión de la realidad. En este sentido, Luis Mendoza Silva nos deleita en su crónica estas líneas:

 

“Cuentan que el indio, fue factor decisivo en la batalla de Las Nutrias, pues, el zumbido del machete y una estrategia suya, que consistía en imitar el ronquido del tigre, hizo que los soldados del Coronel Campero, comandante de la plaza nutrieña huyeran despavoridos, por las sabanas del miedo, después de cruzar nadando en sus caballos el río Apure. Luego del combate, en el que hubo centenares de muertos y heridos de ambos bandos, vinieron las deliberaciones y los reconocimientos a oficiales y soldados destacados en la reyerta.”

 

Para el escritor Jorge Carrión  “la crónica desde sus inicios, posee un sentido del compromiso que la distingue  periodísticamente pero a su vez posee licencias literarias que llegan a contradecirla.” De ahí justamente  intento  decir que la  crónica más que un género es una mesa redonda para deliberar. Ahora bien, en  “Vivencias y tradiciones en el rancho campanario, estancia de mi abuelo el guerrillero” el planteamiento nos invita a reflexionar,  este se desarrolla con palabras claras, concisas y transparentes, frases cortas y párrafos construidos  en  extensiones que  facilitan su lectura:

 

“A veces por las tardes, sentado en su taburete añoso, orgulloso de haber vivido en los tres últimos siglos; XIX, XX Y XXI y, de  haber sido el ultimo caporal de aquellas distancias, se quedaba mirando la sabana y pensando en alta voz: “Si volviera a nacer Pedro Pérez Delgado, ensillaría mi mula amarilla, desenterraría la lanza y rompería el juramento del aromo, para irme detrás de esos sueños, que no me dejan dormir tranquilo. Sí, y me iría levantando polvaredas de esperanzas, enarbolando ilusas banderas de libertad y gritando por los mil y tantos caminos del bajío, como hace más de una centuria lo hiciera mi general Zamora”

 

 

Las crónicas en la práctica suelen ser  impresionistas y expresionistas, ya que quienes se encargan de trazarlas son hombres y mujeres que interactúan  con su entorno y, por lo tanto,  son construidos  y deconstruidos por sus  vivencias. Es así como en sus trabajos encontramos un vocabulario rico e íntimo, donde muchas veces la anécdota define  alguna persona o  situación. De acuerdo con esto,  sin necesidad de más comentarios, el cronista comenta sin comentar, instruye sin academismos, guía sin rigor  pero siempre con destreza:

 

“Mi abuelo, era alto, moreno, ojos claros y mirada profunda como si quisiera leernos el pensamiento. Pelo liso y recio como su estirpe. Voz de trueno, carácter fuerte y jovial. Experto creador de historias míticas, conocedor de una incontable cantera de leyendas, que forman parte del imaginario popular de la sabana. Con cierto orgullo de héroe, como si se tratara de un trofeo de guerra, nos mostró una noche, sentados en círculo, bajo la luna que iluminaba el patio grande, las cicatrices del brazo defectuoso, donde le arañó una tigra…después nos dijeron, que esas cicatrices eran producto de la guerra, pues, según fuentes dignas de todo crédito, él actuó siendo joven, en algunas batallas, combates o escaramuzas”

 

Para el creador Monsiváis las crónicas son: “la coexistencia de lo global y lo local, de lo popular y lo exclusivo, de lo tradicional y lo moderno, lo que lleva a cruzamientos que se sobreponen a fronteras tradicionales entre opuestos.” Así podemos afirmar, que todo cronista al desarrollar una idea  tiene un sentido y una esencia  que lo impulsa a crear, se escribe sobre algo, por algo y para algo. Se narra un hecho y se le da al relato un sentido apreciativo-axiológico,  es decir, que el narrador tiene como objeto la reflexión sobre ciertos valores objetivos o subjetivos de un personaje, de la sociedad e incluso de sí mismo. Por otro lado, en el trabajo Mención publicación, titulado “Kiko, mi vecino”, de  la autora Yohana Toro,  podemos observar esta característica que  impregna a la historia de alma y logra en el lector una sensación de  intimidad:

 

“Cuando lograba reunir algunas monedas, las suficientes para adquirir con formalidad un cuarto o hasta una media de miche, se acercaba hasta la bodega y desde la puerta, en su lenguaje particular mientras señalaba las botellas y el dinero al mismo tiempo lograba hacerse entender, entonces papá, muy serio, daba la vuelta al mostrador y le entregaba su pedido. Kico escondía la fría botella entre sus pantalones y se marchaba presuroso por llegar hasta su cuarto, en algunas ocasiones era interceptado por alguna otra alma que tenía necesidad de sentir el calor espirituoso de esta bebida, en esos momentos se podía ver al loco Kico sonreír ante la certeza de que en ese instante era poseedor del preciado don de la amistad alcanzado al fin por la apremiante necesidad de compartir la misma botella.”

 

Juan Villoro escritor y periodista  enunció  hace varios años en referencia a la crónica que  “Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa.” De igual modo, afirma este escritor: “La crónica es una criatura cuyo balance biológico depende de no ser como los animales distintos que podría ser”. En esencia la interacción de los diversos géneros literarios en la composición  de la crónica le brinda su carácter intimista y auténtico, lo que le permite a los escritores un mundo de posibilidades en la crónica “Carne de avión” del poeta Eleazar Molina, “Gonzalo Fragui”,  premiada con Mención publicación de la que extraemos este candoroso fragmento:

 

Cuando llegó el primer avión a Mérida, don Máximo Torres, el cartero de Mucutuy, subía lentamente con su burro la cuesta de Las González. Apenas sintió pasar levemente el avión y don Máximo en su inocencia pensó que sería un pájaro.

Antonio Blanco, un vecino de don Máximo, cuando lo vio llegar de Mérida inmediatamente fue a visitarlo. No había terminado de entrar a la casa, y sin descargar todavía el burro donde llevaba el correo, cuando Antonio lo atajó:

– Perdone, don Máximo, es que yo quería saber si usted vio el avión.

Don Máximo, que era un gran fabulador, no perdió la ocasión:

– Pues, el avión no lo vi, pero carne sí comí.

– No sea burlisto, don Máximo.

– No, no me burlo, Antonio, es verdad. Los aviones son como los pájaros, son animales carníbulos, aves de carne y hueso, como los zamuros o las águilas, pero más grandes.”

 

La crónica narra, describe y sitúa  a los personajes desde muy distintos ángulos y emplea recursos dramáticos para mantener la atención del lector con  un sutil lirismo y el empleo de figuras retóricas  (metáfora, hipérbole, antítesis, paradoja, símil,  metonimia, anáfora,  entre otros).  Esto  permite transmitir belleza y mayor expresividad estética por medio de la palabra.  En ese sentido, el relato de Bethilde Ledezma, Esa voz que venía de ella era la sangre de mi abuela,”  nos brinda una muestra de ello:

 

“Tengo grabado en el cuerpo la memoria de los amaneceres de mi niñez. Me refiero a que, más que una evocación mental, esa memoria me viene por los sentidos. Así es que mi piel de vez en cuando recuerda el calor de ese nicho que hacíamos mi madre y yo para dormir, la veo en la madrugada vestida de blanco amasando el desayuno, oigo al pajarerío cantando haciéndole coro al gallo, siento el silbido frío del viento que se colaba por el bahareque, me erizo al recordar el espanto de la sayona anunciada por la radio y salivo un humo a café recién colao. Entonces, en esos años ’70, era feliz.”

 

Finalmente, la crónica biografía es un subgénero difícil de elaborar entre todos los tipos de crónicas que se puedan escribir. El cronista enfrenta en un relato expositivo la vida de un personaje real desde que nace hasta que muere o hasta la actualidad. En su forma más completa, explica sus actos con arreglo al contexto social, cultural y político de la época, intentando reconstruir documentalmente su pensamiento y figura, ese el caso de la creación  Alí Primera: Entrevista Imaginaria”  de Pedro Concepción, en donde la imaginación, la investigación y la pasión por el personaje nos lleva a través de la estructura del viaje, a recorrer  la vida del cantante del pueblo:

 

“Ya lo dije, nací en Coro y “…soy campesino paraguanero en mi formación, en la vivencia principal del hombre: su infancia. En su música de pájaros, de vientos del norte, del sur y del este; en los árboles de la Paraguaná xerófila, de la Paraguaná seca pero al mismo tiempo de la Paraguaná entrañable, musical, solidaria. La de los cantos de los campesinos en la siembra, cantos de la Cruz de Mayo, salves, merengues y  valses con viejos clarinetes y violines; cuatros con cuerdas de tripa de chivo. De allí surge el canto, de allí nace el canto que me llenó el espíritu y el alma”.

               

       David Figueroa González

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Autor:

Escritor Venezolano, amante de la literatura en todos sus géneros

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