Publicado en Ensayo

Historias que alimentan el alma: Acercamiento a Cuentos del Arañero

Historias que alimentan el alma:

Acercamiento a Cuentos del Arañero

Vámonos,ardiente profeta de la aurora”

arañero2El Che

Hay historias que alimentan el alma y se vuelven   sueños,  vapores que emergen algunas veces cuando compartimos entre amigos, quizás por ello y aun que no tenga la posibilidad de conocer a todos los que llegan a leer mis notas, ya el hecho de que ustedes las disfruten es para mí gratificante entregar parte de mis vivencias, ya que el fin último de un escritor es contar con lectores. En fin, recordar lo que hemos oído o leído nos hace cómplice de quien vivió el hecho y en cierto grado hasta coprotagonista, por ejemplo: cuando mi papá me cuenta pasajes de su infancia me llena de orgullo saber de donde vengo, conocer mis raíces y también me permite medir la calidad humana y humildad  de ese ser maravilloso que Dios me dió por padre.

Gracias  a la compilación de Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonzo  disfrutamos en el libro Cuentos del Arañero un sinfín de anécdotas de nuestro Comandante Presidente Hugo Chávez, las cuales fueron extraídas del programa Aló Presidente y en las mismas hallamos dibujada la esencia de ese gran hombre, en palabras de los compiladores: “ Son muchas las pasiones que se desbordan en el discurso del líder bolivariano: la familia, el béisbol, las Fuerzas Armadas, el culto a los próceres, a los héroes, el amor infinito a Venezuela y, sobre todo, a las amplias masas excluidas”,  En este sentido,  encontramos en este libro relatos tales como “Confidencias” que nos deja entre ver la humildad y sensibilidad de ese hombre-luz

“Permítanme siempre estas confidencias muy del  alma, porque yo hablo con el pueblo, aunque no lo estoy viendo; yo sé que ustedes están ahí, sentados por allí, por allá, oyendo a Hugo, a Hugo el amigo. No al Presidente, al amigo, al soldado.  

 

Bueno, ayer fui a visitar la tumba de mi abuela Rosa. No quería ir en alboroto porque siempre hay un alboroto ahí, bonito alboroto y la gente en un camión y las boinas rojas. Yo dije: “Por favor, yo quiero ir solo con mi padre a visitar a la vieja, a Rosa Inés”. Allí llegamos, y llegó el señor, un hombre joven, con una pala y unos niños, limpiando tumbas. Ellos viven de eso. Y me dijo el señor, dándole con cariño a un pedacito de monte que había al lado de la tumba de la vieja: “Presidente, usted la quiso mucho, cada vez la nombra, ¿verdad?”. “Claro que la quise y la quiero, ella está por dentro de uno”.

 

También me dio mucha alegría ver de nuevo, ¿cómo se llama el niño? no recuerdo, un “firifirito”, que hace un año fui también a darle una corona a mi abuela, y él llegó: “Chávez, yo vivo limpiando tumbas y no tengo casa”. Ayer me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja: “Chávez, gracias, tengo casa, mira, allá se le ve el techo”. Tiene techo rojo la casa”

El libro Cuentos del Arañero  es el fruto de la narración oral,  es una travesía por los recuerdos de un hombre,  quien supo compartir la palabra y  ritualizarla, sus páginas nos llevan por sus humildes orígenes, en  Sabaneta de Barinas donde recordaba siempre con afecto y ternura la “casita de palma y piso de tierra” y también a la abuela Rosa Inés, la “mamavieja”. En palabras del propio Presidente en este libro encontraremos  “leyendas, historias y cuentos que viene de las propias raíces, de los hondones de mi propia vida y de mis amores todos, de esos seres luminosos que tanto me animaron, acompañaron y me siguen inspirando.”  En “El arañero” relato que da nombre a la obra, vemos reflejado en ese infante, la cara del niño venezolano vivaracho, despierto y colaborador que sale a la calle cual Vicente Patacaliente para trabajar y así ayudar a la familia:

“Ustedes saben que yo vendía arañas. Desde niño, más o menos, tengo noción de lo que es la economía productiva y cómo vender algo, cómo colocarlo en un mercado. Mi abuela terminaba las arañas y yo salía disparado. ¿Pa’ dónde iba a coger? ¿Pa’l cementerio? estaría loco. Allá estaba a lo mejor una señora acomodando una tumba, a lo mejor un entierro. Si había un entierro entonces yo aprovecharía ¿verdad? Pero no, ¿pa’ dónde? Pa’l Bolo. Más de una vez mi papá me regañó: “¿Qué haces tú por aquí?” “Vendiendo arañas, papá”. Todas las tardes, a las cinco, se veían allá los hombres del pueblo. Mi papá jugaba bolos porque él es zurdo y lanzaba bien.

 

En el bolo yo vendía la mitad, y después pa’l cine. La concentración, pues, en la Plaza Bolívar. A la salida de la misa estaba yo, mire, con mi bichito aquí: “Arañas calientes”, no sé qué más. Y le agregaba coplas: “Arañas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes”, “arañas sabrosas, pa’ las muchachas buenamozas”, cosas así.”

 

 

Aparte de su amada patria el beisbol fue otra de las pasiones que siempre supo apreciar El Comandante, en sus alocuciones  veíamos como los ojos le brillaban cuando remembraba sus juegos bien sea de la infancia, Cadete, Oficial o Presidente. Oír los relatos de sus intervenciones en este deporte y como mediante el mismo logró abrirse camino hacia la Academia Militar es inspirador, ya que la oralidad hace que nos sumerjamos en la narración  y que ella gane  intensidad, porque quien la relata lo hace  como si lo estuviese viviendo en ese momento, además se vale del humor,  el lenguaje coloquial y de sonidos onomatopéyicos para captar y mantener  la atención del público. En las líneas de “Pompeyo Davalillo” captamos en plenitud lo planteado anteriormente:

“¿Jugar contra Pompeyo? Miren, ¡hay que ponerse las pilas! fue manager del equipo de béisbol de la UCV durante muchos años y en la Academia Militar nos tocó jugar contra ellos. Cualquier jugada era posible. De repente con dos outs, ¡pum!, toque de bola, y todo el mundo quedaba sorprendido. Doble robo, hombres en segunda y primera, robo retardado. Pompeyo Davalillo hacía eso, mandaba a hacer el robo retardado, y se volvía loco todo el mundo. Un día mandó triple robo retardado. Tres en base, sin out, triple robo, toque de bola, ¡terror!, el otro equipo se aterrorizaba. Con un estratega como  ese, ya el otro equipo está temeroso; cuidado, que cualquier cosa puede ocurrir. A veces incluso rompiendo las reglas.

 

Pompeyo Davalillo no quiso ir a la fiesta después del juego de softbol. Quedamos empatados contra la Unellez de Barinas, y me dijo: “Mira, Chávez, yo lo que quiero es jugar dominó, chico”. ¿Aquí juegan dominó también? Y se fue por allá a jugar dominó y perdió hasta la cartera.”

 

Hugo Chávez padre de la patria nueva, educador y ejemplo del nuevo republicano, nos  habló con la intensión de forjar conciencias, sumar energías, y con la herencia de Maisanta en la sangre   sembró la semilla del Movimiento Bolivariano para que este se regara como las flores del Araguaney en Mayo  y por allá en Maracay con el juramento en el Samán de Güere evocando el juramento de Bolívar en el Chimborazo se lanzó a la liberación de un país, a despertar el Libertador que mora en cada uno de nosotros, en el relato “El juramento”  podemos observar  estos detalles  y a la vez  como él  conversa, tutea, refiere al detalle hechos, se adelanta, va atrás y  a veces hasta sobrepone historias;

“Minutos más tarde viene Acosta Carlez, nos invita a trotar. Nos fuimos al Samán de Güere y lanzamos el juramento aquel. Esa misma tarde nació el ejército Bolivariano Revolucionario. Éramos cuatro: Felipe Acosta Carlez, Jesús Urdaneta Hernández, Raúl Isaías Baduel y este humilde servidor, sólo que era 1982. Diez años después vino la rebelión bolivariana del 4 de febrero, parte de todo ese proceso que brotó del fondo de la tierra y de la historia venezolana; todo eso de Bolívar, de Martí. Y Bolívar, ¡setenta años antes que Martí!, lanzó la profecía, adivinó al imperio. No se veía todavía, pero él lo adivinó, como el campesino cuando huele la lluvia más allá del horizonte. “Huele a lluvia”, decía mi abuela Rosa Inés. Bolívar olió el imperialismo. Impresionante, sólo vamos a recordar la frase: “Los estados Unidos de Norteamérica parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.

Como cantó una vez Alí Primera “Bolívar bolivariano no es un pensamiento muerto”, en tal sentido esta frase fue un mantra para el eterno Presidente Chávez ya que él logró traer de regreso a Bolívar, pero ya no era el Bolívar distante y frío del panteón, porque  ahora y para siempre es el Bolívar que nos enseña con sus pensamientos, con su obra. Gracias  al Comandante  y a la manera de explicar la historia nacional  logramos  quitarnos las vendas y sentirnos orgullosos  de nuestro pasado heroico. En los párrafos de “Nos hizo libertadores”  apreciamos lo expuesto:

“Bolívar era de pelo ensortijado, más negro que blanco; ese era el verdadero Bolívar a quien también desfiguraron. Es mentira que hablaba duro. No, la voz de Bolívar era chillona, inaguantable. Se subía en las mesas, le rompía los papeles al estado Mayor. “¡esto no sirve!”. Así lo dice Andrés Eloy Blanco en un poema que se llama “Los desdentados”. Cuenta Andrés Eloy que muchos años después de muerto el Libertador, había un acto en la plaza Bolívar de Caracas y la estatua, las coronas, las flores y los discursos oficiales. El presidente, todos de “paltó” y de levita, rindiéndole honores a Bolívar. Y detrás de las matas estaban unos viejitos, no tenían dientes, agachados, viendo el acto, y se reían. Entonces, viene la lectura de la última proclama y un señor, con voz de locutor: Colombianos, habéis presenciado…”, rememorándolo. Y los viejitos se reían y hablaban de Bolívar. ¿Por qué se reían? el poeta termina descifrando la incógnita. Al final dijo uno de los viejitos: “Mira, lo que dicen éstos, dicen que era alto, dicen que era fuerte, dicen que hablaba grueso. No. Era chiquitico, era flaquito, tenía la voz chillona y fastidiosa”. Y dice uno al final: “¡Carajo!, pero se nos metió en el alma y nos hizo libertadores”

Presidente Hugo  Chávez Frías, hombre eterno,  padre de la patria nueva  partiste sólo en cuerpo al encuentro con Bolívar, porque  tu esencia aún vive en muestras almas  como El  Florentino triunfante  o simplemente como dijo una vez el Camarada Fidel “Y es que tú y yo, Chávez, no somos presidentes, sino somos dos tipos que andan por ahí”  

 

 

David Figueroa González

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Autor:

Escritor Venezolano, amante de la literatura en todos sus géneros

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